|
|
Marta RUIZ GALVETE , Université Grenoble III
Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura: anticomunismo y guerra fría en América Latina
Résumé
Né dans le contexte européen de la guerre froide afin de contrebalancer la propagande communiste du Mouvement pour la Paix, le Congrès pour la Liberté de la Culture a été à l'origine d'un ensemble de revues d'analyse sociale et politique (Der Monat, Preuves, Encounter, Tempo Presente…) caractérisées par leur orientation antitotalitaire et par leur rigueur intellectuelle. Parmi celles-ci, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1963) est sans aucun doute la plus polémique et la moins bien connue. La présence d'une équipe d'ex-communistes espagnols à sa tête et la transposition des enjeux de l'antitotalitarisme au continent américain, dominé, lui, par le néocolonialisme économique et l'ingérence politique des Etats Unis, expliquent pourquoi on considère généralement cette revue comme de la propagande nord-américaine. Cependant, Cuadernos a su s'implanter dans la réalité complexe de l'Amérique Latine et si elle s'est trouvée par moments dans une position difficile c'est parce qu'elle reflétait les choix auxquels les démocrates et libéraux latino-américains étaient confrontés pendant la guerre froide. Force est donc de lui reconnaître le mérite d'être restée sur ses positions anticommunistes sans pour autant renoncer à son indépendance critique vis-à-vis des États-Unis.
Extracto
Surgido en la Europa de la guerra fría como medio de contrarrestar la propaganda comunista del Movimiento por la Paz, el Congreso por la Libertad de la Cultura promovió toda una serie de revistas de análisis social y político (Der Monat, Preuves, Encounter, Tempo Presente…) caracterizadas por su clara línea antitotalitaria y su rigor intelectual. De todas ellas, los Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1963) son sin lugar a dudas no sólo la más polémica, sino también la menos conocida. El papel que los excomunistas españoles ocuparon desde un principio en su dirección, más la transposición de los planteamientos antitotalitarios a un contexto latinoamericano dominado por el neocolonialismo económico y la injerencia política de los Estados Unidos explican quizás la valoración que generalmente se hace de la revista como simple propaganda norteamericana. Sin embargo, Cuadernos supo implantarse en la compleja realidad de América Latina y, si sus dificultades reflejan las disyuntivas planteadas a los demócratas y liberales latinoamericanos durante la guerra fría, hay que reconocerle el mérito de haber mantenido sus posiciones anticomunistas sin renunciar a la independencia crítica de cara los Estados Unidos.
Abstract
Born in Europe's Cold War context to counterbalance the Peace Movement communist propaganda, the Congress for Cultural Freedom published a number of social and political analysis journals (Der Monat, Preuves, Encounter, Tempo Presente...) which were characterized by both their antitotalitarianism and their intellectual rigor. Of all these journals, Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1963) is undoubtedly not only the most polemical but also the less known. The fact that it was primarily staffed by Spanish ex-communists and that it transposed antitotalitarian issues to the Latin American continent, which was dominated by US economic neocolonialism and political intereference, might explain why it is generally considered as a mere US propaganda journal. Cuadernos was, nonetheless, able to establish itself in Latin America's complex reality and if it found itself in a difficult position sometimes it was because it refected the choices Latin American democrats and liberals had to make during the Cold War. One cannot but acknowledge that it maintained its anti-communist stands without giving up its critical independence towards the US.
Texte intégral
Los primeros años de la guerra fría fueron el escenario de una movilización y una ofensiva propagandística sin precedentes que encontró en los congresos internacionales un instrumento privilegiado. El celebrado en Wroclaw en agosto de 1948 marcará el principio de una serie de campañas en favor de la paz a las que el régimen soviético trataría de asociar a los intelectuales del mundo entero. Aquel verano los poemas de Neruda e Hikmet enfervorizaron a la juventud en Polonia, al año siguiente una simple paloma dibujada por Picasso sirvió de tarjeta de presentación al Congreso Mundial de París y en todas partes los comunistas intensificaron sus campañas contra la América prepotente y belicosa de la bomba H y la Coca-Cola. Pero si Europa deseaba por encima de todo la paz y la Unión Soviética consiguió monopolizar hábilmente esta aspiración, los Estados Unidos pronto demostrarían una habilidad semejante al presentarse a su vez como los únicos paladines del combate por la libertad. El Kongress für kulturelle Freiheit organizado en junio de 1950 en el Berlín del bloqueo será precisamente la primera manifestación pública en este sentido: 118 intelectuales procedentes de diferentes países y horizontes políticos se reunirán en la capital alemana para expresarse con independencia de todo gobierno o partido sobre el tema del totalitarismo, y lo harán con tal éxito que esta primera reunión sentará rápidamente las bases de una organización internacional1. Destinado a contrarrestar la propaganda del Movimiento por la Paz, el Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) se establece desde un principio con el triple objetivo de proporcionar una información fiable sobre el bloque soviético, servir de contrapeso a las tendencias neutralistas del Oeste y, en la medida de lo posible, establecer lazos de solidaridad con los intelectuales del otro lado del telón de acero. Con todo, si sus fines no se distinguen de los de cualquier otra organización anticomunista de la época, la diferencia de estilo será fundamental. La mayoría de las revistas surgidas en torno al CLC cuentan hoy con estudios críticos o antologías de artículos que, una vez aplacadas las pasiones políticas, evidencian más claramente si cabe la justeza de su tono y la lucidez de su reflexión2. De hecho, aunque todas ellas se vieron arrastradas por el escándalo de la financiación del Congreso con dinero de la CIA que el New York Times destapó en 1966, a nadie se le ocurriría cuestionar hoy el prestigio o la independencia de Preuves, Encounter o Tempo Presente, por citar las más conocidas. Sólo los Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura parecen ser una excepción: ni despiertan gran interés ni se les ha reconocido hasta hoy un valor excesivo. Evidentemente, la posición particular que Cuadernos ocupa en el arco de las publicaciones del CLC no es del todo ajena a esta situación. Escrita en París por un equipo esencialmente español, se trata en principio de una revista europea destinada a América Latina. Pensada desde planteamientos antitotalitarios, su mensaje va a tener que abrirse camino en un continente infestado de dictaduras anticomunistas. Y, leída en el área de injerencia norteamericana, las decisiones del Departamento de Estado la pondrán siempre en situaciones mucho más comprometidas que al resto de sus homólogas atlantistas. Si, como dijo Porfirio Díaz hablando de Méjico, América Latina entera estaba “tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, es normal que el proyecto antitotalitario de Cuadernos necesitara numerosos reajustes y encontrase algunas dificultades de aclimatación. Ahora bien, por mucho que todas estas circunstancias pesaran realmente sobre su labor, no creemos justifiquen la ligereza con que se ha venido despachando a la revista y a su director, el ex-poumista Julián Gorkin, como simples instrumentos de la CIA. Ya el historiador oficioso de la Agencia, Peter Coleman, decretó en su día que “la principal labor de Gorkin [al frente de Cuadernos] consistió en presentar a los lectores latinoamericanos una interpretación favorable de la política norteamericana”3. Posteriormente Santiago Carrillo lo acusará también en varias ocasiones de estar “metido en numerosos negocios en los que participa la CIA”4, aunque la descalificación más dura y quizás la más discutible procede sin lugar a dudas del hispanista americano Herbert R. Southworth, quien no dudará en afirmar que “dado que los pagadores norteamericanos estaban apoyando un régimen de tipo fascista en Madrid, Gorkin y sus colegas no siempre se sintieron cómodos a la hora de promocionar la democracia en Latinoamérica, donde las relaciones entre España y los Estados Unidos interesaban mucho.”5 Que la vocación antitotalitaria de Cuadernos sirvió a los intereses norteamericanos en el marco de la guerra fría es un hecho incontestable que no admite discusión. Pero antes de deducir de ahí que la línea política de la revista se redujera a un seguidismo acrítico o que sus colaboradores supeditaran toda convicción democrática a la estrategia de los hermanos Dulles6, parece razonable analizar las distintas sensibilidades expresadas en sus páginas. El objetivo del presente artículo no es otro que dar un primer paso en este sentido, limitando nuestro estudio a los 35 primeros números por razones de coherencia interna y de espacio. En efecto, entre marzo de 1953 y septiembre de 1965 Cuadernos publicará un total de 100 números que, además de cubrir un período de más de diez años, estarán marcados por una serie de relevos en la dirección de la revista y por un acontecimiento fundamental que trastocará durablemente los planteamientos de la guerra fría en el continente americano: el triunfo de la revolución cubana. En este sentido el primer artículo dedicado por Cuadernos al tema coincidirá exactamente con la llegada de Araquistáin a la dirección y cerrará, con el número 35 de marzo-abril del 59, un primer período coherente de su singladura. De la muerte de Stalin y el inicio de la administración Eisenhower al nuevo ciclo de la guerra fría iniciado por la victoria castrista y la “mutación estratégica kennediana” que seguiría ¿cuál fue pues la actitud de Cuadernos en aquella primera etapa de enfrentamiento bipolar en que a los dos grandes les bastaba con recurrir a la fuerza para mantener el orden en sus respectivas áreas? 1. Un órgano en español para el Congreso por la Libertad de la Cultura De haber sido la máquina de guerra que la propaganda comunista internacional denunciaba o, simplemente, una empresa mediocre desde el punto de vista intelectual, la definición de la naturaleza exacta del Congreso por la Libertad de la Cultura no merecería demasiada atención. Con todo, a pesar de la belicosidad ideológica de aquellos años calientes de la guerra fría, el dispositivo surgido en torno a él no fue ni lo uno ni lo otro. Para empezar, el éxito de la reunión fundacional de Berlín había sobrepasado tan ampliamente las esperanzas de sus promotores que, además de no haber previsto ningún esquema para la continuidad de la acción, ni siquiera estaban de acuerdo sobre la fisionomía que la naciente estructura debía adoptar. Es verdad que hombres como James Burnham militaban desde los Estados Unidos para imponer una línea ostensiblemente anticomunista y que el protagonismo de Arthur Koestler, el famosísimo autor de El cero y el infinito, parecía apuntar en el mismo sentido. Pero la mayoría se negó a calcar la organización sobre las del movimiento comunista y la idea que prevaleció tras casi un año de conversaciones fue la de crear una red internacional de alto nivel que, sin evitar los posicionamientos políticos, actuara más bien por influencia intelectual. Poco después, la creación de un Secretariado Internacional en París en la primavera de 1951 y el entramado de revistas tejido en torno a éste entre 1953 y 1955 acabarían dando su forma definitiva a una estructura que nada tenía que ver ya con las simples labores de contrapropaganda. 1953 marca de hecho un verdadero giro en el sector de las publicaciones del Congreso al romper por vez primera con el esquema organizativo inicialmente trazado por Irving Brown7. Según éste, por una parte los Comités nacionales europeos del CLC seguirían publicando sus propios boletines y rodeándose de una constelación de revistas amigas como Synthèse en Bélgica, Twentieth Century and After en Gran Bretaña o Trot Als en Noruega y, por otra, el Secretariado Internacional empezaría a editar en París un órgano en español para América Latina y otro en inglés para Asia. Pero cuando en 1953 aparezcan sucesivamente Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura, Encounter y Das Forum sólo la primera resultará ser una concretización de esta idea original. A pesar de partir de un proyecto análogo al de Cuadernos, Encounter se basará desde un principio en Londres y, al ser elaborada por un equipo angloamericano independiente, se emancipará muy pronto de una relación de subordinación demasiado estrecha con el Secretariado Internacional. La austríaca Das Forum confirmará esta tendencia y Tempo Presente vendrá poco después a coronarla de manera que, para 1955, serán ya seis (incluyendo la alemana Der Monat y la francesa Preuves) las revistas del CLC financiadas en distintas proporciones por el Secretariado Internacional, aunque Cuadernos sea la única totalmente controlada por éste8. Como era de suponer, las consecuencias de esta nueva política de publicaciones no se iban a hacer esperar: las revistas empezarán por marginar a los boletines y este arrinconamiento permitirá, en una segunda fase, desembarazarse de los comités nacionales, convertidos al fin y al cabo en una molestia para llevar a cabo la política de influencia más sutil por la que el Congreso había acabado decantándose. Lógicamente, con ellos quedará también enterrada la idea de limitarse a editar folletos de urgencia para aquel “plan Marshall de la verdad” que algunos venían reclamando desde la reunión de Berlín. Pero es que, antes incluso de que el CLC acabara su transformación de instrumento de combate en foro internacional de debate, la evidencia de que una red internacional de revistas que facilitara el intercambio de artículos y documentos de referencia podría resolver el problema esencial de la circulación de información sobre los regímenes totalitarios de una sociedad a otra se había impuesto rápidamente. Así pues, a pesar del amplio margen de autonomía que el Secretariado Internacional concedió siempre a las publicaciones del Congreso, no es de extrañar que Nicolás Nabokov y Michael Josselson9 concibieran la única revista que controlaban desde la central parisina como un simple soporte de traducción para el público de habla hispana de artículos previamente aparecidos en Preuves. Resulta más curioso sin embargo que decidieran poner a su cabeza a un equipo de redacción esencialmente compuesto por exiliados españoles. ¿Parecieron los contactos latinoamericanos del Secretariado Internacional demasiado ilustres como para ofrecerles el modesto cometido asignado a Cuadernos? ¿Prefirieron acaso encomendar su dirección a un europeo que garantizara la deseada dimensión continental de la revista, sin caer en ningún localismo? ¿O se le quiso imprimir de entrada un carácter particular por estar destinada a América Latina, ligándola a un equipo de militantes españoles profundamente marcados por la experiencia de la guerra civil y visceralmente anticomunistas?… En cualquier caso, fue el mismo Irving Brown quien impuso a Julián Gorkin como director, mientras que François Bondy codirector de Preuves contrató al periodista Ignacio Iglesias para el puesto de redactor jefe. Grandes amigos desde los tiempos de La Batalla, al tandem Gorkin-Iglesias se sumará un tercer hombre, Luis Mercier Verga, contratado para seguir los problemas de América Latina. Los tres formarán un equipo fuertemente cohesionado desde el punto de vista ideológico pues, habiendo militado en la CNT durante la guerra de España, este último compartía también sin reservas el radicalismo antiestalinista que caracteriza a los antiguos miembros del POUM. Mucho más que la dependencia directa del Secretariado Internacional fue pues la composición de su equipo de redacción lo que marcó durante muchos años a Cuadernos distinguiéndola del resto de las revistas del CLC. Si Preuves se caracterizaba por su europeísmo, Encounter por su corte liberal y Tempo Presente por ser la más progresista, Cuadernos resultará sin lugar a dudas la que mejor se identifique con la defensa del mundo libre. La denuncia de la estrategia de dominación mundial del Kremlin y la necesidad de preservar el bastión estadounidense de cualquier maniobra destinada a debilitarlo eran, de hecho, presupuestos que la dirección hacía suyos sin necesidad de ninguna presión por parte de las instancias superiores. Y es que, visto desde Europa, todo el mundo parecía de acuerdo con este análisis de Gorkin que acabaría convirtiéndose en línea editorial: “Se trata [para el Kremlin], dentro de esta estrategia mundial cuyo objetivo central consiste en aislar y en debilitar a los Estados Unidos, en crear focos de perturbación y de conflictos de manera a ocupar lo más posible la atención de Washington desviándola de los asuntos de Europa y de Asia, que es donde se juega por el momento la suerte del mundo. (…) Objetivamente, con habilidad, debemos ser capaces de llevar esta evidencia al ánimo de los latinoamericanos”10. El resto era una cuestión de estilo en la que resulta improbable que Josselson interviniera ya que el control ejercido por el Congreso se limitó esencialmente a cuestiones administrativas. En este sentido, parece razonable afirmar que, de no ser porque la primera ocupaba una situación subsidiaria en el dispositivo europeo y estaba financiada en su totalidad por el Secretariado Internacional, el tratamiento dispensado por éste a Cuadernos y a Preuves no fue tan distinto. Si algún mecanismo de control hubo, fueron sobre todo las entidades financiadoras las que lo establecieron al encargar informes sobre actividades a expertos exteriores11. Los informes que Gorkin remitía a la central por su parte, más allá de dar cuenta de cuestiones organizativas y de análisis político, poco o nada tienen que ver con este tipo de relación evaluativa. Al contrario, gracias a la multiplicidad de sus contactos y la información de primera mano recabada en sus viajes, Gorkin parece haberse convertido muy pronto en la voz autorizada que analiza, interpreta y sugiere estrategias para el área hispánica antes incluso de la discusión general. Lejos pues de cualquier relación de control impositivo, el Secretariado Internacional demostrará además su escasa capacidad para influir en la línea editorial de la revista cuando el colombiano Germán Arciniegas suceda a Gorkin en la dirección. Alertados sobre el “catastrófico” rumbo que ésta iba tomando, los responsables parisinos se verán reducidos a sacrificar Cuadernos cesando abruptamente su financiación12. En cualquier caso, mientras el equipo español permanezca a su cabeza, la identificación de Cuadernos con los objetivos del CLC será total y la revista se concebirá, en consecuencia, como una verdadera “tribuna de combate”. “Nunca como ahora vivió el hombre tan bajo el signo del miedo [podemos leer en el editorial de presentación]: miedo a perder la vida y miedo a perder lo que la hace digna y agradable. Largos siglos de progreso y de conquistas civilizadoras están amenazados por los totalitarismos modernos. ¿Quién puede permanecer indiferente a esta trágica realidad? (…) Se equivocan los que creen que la lejanía de las fronteras totalitarias y de los focos de conflicto los protege de su contaminación y de sus repercusiones y consecuencias. Que es posible gozar de bienestar y de creación libre y serena en un lugar mientras hay tiranía y esclavitud en otros. Y que es posible la paz en un continente cuando la guerra asola o amenaza con asolar a otros continentes. La historia demuestra que un tiro disparado en una ciudad danubiana o el ataque a un puerto y un corredor estratégicos arrastran a todo el género humano a la catástrofe…”13 El CLC trasladaba pues su mensaje a América Latina dispuesto a sacudir las conciencias libres, a arrinconar los neutralismos equidistantes y a servir de bandera a la organización de la resistencia. “Existen publicaciones en diversas lenguas que son, directa o indirectamente, sus órganos de expresión. Faltaba una en lengua española. Hela aquí”, declaraban los redactores tras resumir brevemente el “Manifiesto a los hombres libres” del Congreso. Sin embargo, tan importante como estas señas de identidad declinadas, era la invitación con la que el editorial se cerraba: “Aspiran nuestros CUADERNOS a recoger y a traducir lo universal a nuestro idioma, pero asimismo y sobre todo a recoger y a canalizar las ricas y variadas expresiones del espíritu latinoamericano hacia lo universal. (…) El Nuevo Mundo tiene mucho que decir y mucho que juzgar; nos ofrecemos nosotros a traducirlo y a reflejarlo”14. Poco podían imaginar los redactores de aquel primer número hasta qué punto su invitación acabaría erosionando la perspectiva europea de la revista y abriendo sus planteamientos políticos a la compleja realidad latinoamericana. 2. La penetración de Cuadernos en América Latina Cuadernos empieza a aparecer con carácter trimestral en marzo de 1953 y, a mediados de abril, Gorkin se embarca a la conquista del continente con el primer número bajo el brazo. Organizador nato, excelente orador, publicista y polemista curtido en la lucha revolucionara, el antiguo líder del POUM no se limita a dirigir la revista desde su sede parisina. En tanto que Secretario general del CLC para América Latina sobre él recae también la doble responsabilidad de dar a conocer los objetivos de la organización y de atraer a la intelectualidad democrática a sus fines. Y a juzgar por los resultados obtenidos en esta primera “gira”, la elección de Gorkin fue todo un acierto. De Chile a Uruguay, pasando por Panamá, Brasil, Méjico y Cuba, los contactos establecidos son de primerísima importancia y el interés despertado tanto en los medios latinoamericanos como en los círculos españoles del exilio parece haber sobrepasado las expectativas más optimistas: “Desde mi llegada aquí [escribirá a su compañera] me acuesto todas las noches completamente agotado. Todos me dicen que es el mayor éxito conseguido desde hace años por un intelectual extranjero. (…) El Mercurio, el principal diario de la América del Sur, publica todos los días o mis conferencias radiofónicas o algo sobre mí. Hay interviús en todos los demás. Hice el miércoles mi conferencia en la Universidad, cuyo texto va a ser editado en folleto. Los socialistas me dieron anoche un banquete y hube de hacer un discurso. Hoy asisto al banquete de los republicanos, socialistas y cenetistas españoles y haré otro discurso. Mañana por la noche es mi conferencia en el Centro Republicano Español. Y tengo inscritas otras cuatro conferencias”15 Sorprendido por su propio éxito, Gorkin entiende que los refugiados españoles han visto en él “el tipo del nuevo político español sin gastar y que tiene cosas nuevas que servir y que hacer” o que, de manera más general, “la polarización hacia [él] es, en el fondo, una reacción viva de todo lo democrático en contra de los stalinistas”16. No andaba descaminado el Secretario general del Congreso ya que el proyecto vehiculado por Cuadernos era algo inédito en aquellas latitudes. Y no precisamente por anticomunista. Al contrario, el anticomunismo vociferante de los dictadores militares que a finales de 1954 llegarían a imponerse hasta en 13 de las 20 repúblicas latinoamericanas era tan generalizado como contraproducente. ¿No eran acaso los peores enemigos de la libertad los que más alto alzaban esta bandera para mejor escudarse tras de ella? ¿Y no era también demasiado corriente el caso de aquellos dos jóvenes latinoamericanos que, “a punto de abandonar el buque moscovita en que los embarcó su esnobismo, deciden permanecer a su bordo vista la compañía que les aguarda en tierra…?”17 Pues bien, si en algo era original el proyecto traído por Gorkin de Europa era en arrebatar a la derecha más reaccionaria el monopolio del anticomunismo: aunque desunidos y aislados, en América Latina no faltaban desde luego intelectuales de formación occidental que pensaran que ya iba siendo hora de organizar la resistencia al totalitarismo desde posiciones verdaderamente democráticas. Dispuesto a formar en aquel primer viaje una serie de comités que sirvieran de anclaje a la revista y las actividades del CLC en cada país, Gorkin no se engañaba tampoco sobre la capacidad de movilización de las élites del continente. “Podemos hacer frente al expansionismo comunista afirmará en un informe de 1955, desbaratar las maniobras de penetración, neutralizar su influencia sobre los intelectuales, agrupar en torno a nosotros a todas las tendencias democráticas. Si los comunistas parecían tener una influencia sobre los intelectuales era debido sobre todo al hecho de que frente a sus organizaciones y sus actividades no existía anteriormente ninguna organización democrática capaz de hacerles frente con decisión e inteligencia”18. Esta organización no era otra que la suya y, si bien la constitución de los comités latinoamericanos llevó su tiempo19, la manera en que iban a contrarrestar en Chile varias iniciativas comunistas supuestamente apolíticas como el Congreso Continental de la Cultura o el Congreso Latinoamericano por las Libertades era una muestra de lo que podía hacerse y un motivo de satisfacción20. Pero, a pesar de estas formidables perspectivas de acción, Gorkin no tardará mucho en darse cuenta de que su trabajo en los medios intelectuales latinoamericanos iba a ser más difícil de lo que había pensado durante aquel primer viaje triunfal21. Sus informes señalarán pronto “cierta resistencia” o “prevención” por parte de los intelectuales demócratas que, debido según él a las campañas comunistas y comunizantes, consideraban al CLC como una agencia de propaganda y una organización inspirada y controlada por el gobierno de los Estados Unidos22. La cuestión de la financiación ocupaba de hecho un lugar fundamental en estas campañas y, cuando eran personajes como Indalecio Prieto los que declaraban públicamente que el Congreso se sostenía con fondos del Gobierno norteamericano (lo cual “no es un secreto para nadie, porque ni Polichinela lo puede guardar”23), resultaba poco menos que catastrófico en términos de imagen. Además, por mucho que el líder socialista alabara la calidad intelectual de la revista y afirmara en correspondencia privada con su director que ni entraba ni salía en la misión cumplida por Cuadernos24, sus posiciones sobre la política estadounidense en América Latina eran tan críticas que siempre habría de considerar las declaraciones del Congreso con cierto cinismo: “A poca distancia de este local [explicó en un acto público de 1956], donde el Paseo de la Reforma cruza con la Avenida de los Insurgentes, a escasos metros de la avenida, hállase una biblioteca sostenida por el Gobierno norteamericano, la Biblioteca Benjamin Franklin. Pues bien, en esa biblioteca se ha hecho recientemente un expurgo de libros, desapareciendo de la lista muchos autores izquierdistas. ¿Es esa la libertad de la cultura? ¿Cómo vamos a creer en ciertos patrocinadores de tal libertad, cuando apelan a expurgos idénticos a los de la Inquisición, inscribiendo, a título de nefandas, cientos de obras en el Índice maldito?”25 Evitando cuidadosamente entrar en este tipo de consideraciones los mentís de Gorkin sobre la financiación oficial del Congreso serán firmes y constantes a lo largo de estos años tanto desde las páginas de Cuadernos como en la prensa. El Congreso por la Libertad de la Cultura no es financiado por ningún gobierno; los fondos que alimentan sus actividades provienen exclusivamente de fundaciones privadas de los Estados Unidos y de la propia Europa, “nunca lo hemos ocultado ni tenemos por qué ocultarlo” afirmará y “no creeríamos necesario este mentís si los comunistas, principalmente los latinoamericanos, no se escudaran en los injustificados ataques del Sr. Prieto para combatirnos”. “¿Sabe insistirá dos años después, dolorido que me agredieron en la Universidad de La Habana después de distribuir unas hojas recogiendo sus acusaciones? ¿Sabe que el CC del PCE ha acusado recientemente a Miguel Sánchez Mazas de estar vendido a mí, que, según usted, estoy vendido al Departamento de Estado?”26 Y es que en los medios comunistas, comunizantes o simplemente “neutralistas” de América Latina ni el Congreso ni su Secretario general tenían buena prensa. Cualquier cala en las publicaciones de dichos entornos resulta sumamente reveladora: “En Chile conocemos a algunos de los funcionarios que pretenden luchar por la “libertad de la cultura” atacando, previa remuneración mensual, a la patria del Sputnik (…) El jefe aparente de esa organización es el que se hace llamar Julián Gorkin, aventurero sin nombre, especie de enganchador de la “Legión Extranjera” del anticomunismo, emboscado en París, traidor a España Republicana”, escribiría en El Siglo nada menos que Neruda27. El coro a las invectivas del “gran Pablo” (“renegado”, “mercachifle de ideologías”, “policía internacional”, “mercenario” pagado por “los millones de la United Fruit y del FBI”28…) parecía no tener fin y el enfrentamiento llegó a enconarse hasta tal punto en dicho país que, en 1958, el poeta pretendió que se le negara la tribuna del Salón de Honor de la Universidad o que, en su defecto, se le arrojara violentamente de ella, como estuvo a punto de suceder29. En cualquier caso las encendidas polémicas despertadas por Gorkin no deben ocultar el hecho de que, si bien su papel fue decisivo en un primer momento para dar a conocer a la organización, los comités nacionales acabarían tomando el relevo antes de cumplirse el primer año. No hay que olvidar que, a diferencia de lo que había ocurrido en Europa, Cuadernos era una revista editada en París, sin el anclaje nacional necesario para que los intelectuales latinoamericanos la hicieran suya. Además, las dimensiones mismas del continente hacían necesaria una deslocalización organizativa que facilitara la difusión de la revista y la toma de iniciativas concretas. Actuando como comités de vigilancia frente a las maniobras y campañas comunistas, denunciando los atropellos contra las libertades en sus respectivos países, organizando mesas redondas sobre temas de actualidad interamericana, solicitando a un jurista una charla sobre el último proyecto de reforma constitucional o aprovechando el paso de una personalidad europea para organizar una gira de conferencias, la actividad desplegada por estos comités nacionales fue extraordinaria y no cabe duda de que sin semejante implicación de las élites locales ni la influencia ni el prestigio del Congreso en América Latina hubieran sido los mismos30. Por mucho que Cuadernos dé cuenta en su sección “Vida del Congreso” de este activismo desbordante, lo cierto es que una simple nota no basta para reflejar la formidable repercusión que llegaron a tener folletos como “Así veían a Stalin” en el Chile de Neruda o “El crimen de Hungría e intelectuales libres” en un país como Méjico, en que los agentes del NKVD habían campado a sus anchas. Gracias a estas publicaciones puntuales de los comités, la influencia comunista en Chile, Argentina, Méjico y Perú recibió según Gorkin un rudo golpe. Pero si la revista no nos permite evaluar cabalmente este tipo de impacto, lo que sí hace es testimoniar con toda objetividad la creciente coordinación de los organismos nacionales del CLC, que auspiciaron varias conferencias interamericanas (Santiago de Chile en 1954, Conferencia Juvenil de Santiago de Chile en septiembre de 1956 y Conferencia de intelectuales panamericanos sobre “La libertad de la cultura en el hemisferio occidental” también en septiembre del mismo año) y llegaron a tomar iniciativas conjuntas de cierta envergadura como la promoción de una política interamericana de libre circulación para los libros a partir de 1954, la protesta por la reunión de la UNESCO en la Caracas de Pérez Jiménez en 1956 o la carta de apoyo a la candidatura del poeta mejicano Alfonso Reyes al premio Nobel de Literatura, por citar sólo algunas. En última instancia, la dinámica de los comités no hicieron sino reforzar de otra manera la vocación continental de Cuadernos y, con ella, contribuir desde abajo a la federación de las distintas élites democráticas en torno a un combate que, siendo el de la guerra fría, era también el de las libertades. En cualquier caso, dos años después de su primera “gira” de reconocimiento, Gorkin puede establecer un balance claramente positivo. Entre los nombres que encabezan el Consejo de Honor de Cuadernos y, en general, las actividades latinoamericanas del CLC, figuran nada menos que un Rómulo Gallegos, Emilio Frugoni o Eduardo Santos, por citar sólo a los más conocidos. “Hasta ahora insiste en sus informes con legítima satisfacción, ninguna otra publicación en lengua española había logrado reunir en su Consejo de Honor tantos y tan prestigiosos nombres”31. Y es que, del mismo modo que la mayoría de los intelectuales europeos de posguerra habían sido, eran o iban a ser comunistas, muchas de las figuras literarias de referencia en el Congreso intervenían directamente en la vida política de su país y habían ocupado, ocupaban o estaban llamados a ocupar altas responsabilidades en sus Gobiernos32. Pero es que, más allá del prestigio de sus colaboradores, los medios intelectuales con los que Gorkin ha estado en contacto dicen considerar al CLC como un “instrumento de salvaguarda y defensa de las libertades de prensa y de expresión, de las libertades políticas y sociales” y creen que su acción responde a cuatro necesidades de la época que suscriben totalmente: neutralizar los peligros del totalitarismo; poner en relación a los medios intelectuales democráticos de todos los países por encima de partidos y tendencias; buscar soluciones democráticas y constructivas a los problemas continentales; y establecer lazos de solidaridad entre los intelectuales latinoamericanos así como entre éstos y la élite universal33. Aunque eso no es todo, puesto que, según el mismo informe, Cuadernos “está adquiriendo un verdadero prestigio continental y todo el mundo elogia su nivel intelectual elevado, su objetividad y su espíritu independiente”. Es verdad que la revista se sabe inferior a Sur o a Cuadernos Americanos desde un punto de vista literario, y eso a pesar de contar con los mismos colaboradores. La razón es que estos artículos no sobrepasan las tres páginas y resultan por lo tanto bastante superficiales. Sin embargo, la elección es asumida ya que la fama de Cuadernos es más política que cultural: los comentarios y ensayos político-sociales sobre el mundo comunista y grandes problemas de la actualidad universal constituyen el 40% de su contenido. “Quizá porque ninguna otra publicación latinoamericana concede una atención tal a estos problemas, son los que más interés suscitan en los medios latinoamericanos”, explica Gorkin añadiendo a continuación, con gran apoyo de cifras y nombres, que los editorialistas y comentaristas de los grandes periódicos se inspiran frecuentemente de los artículos de Cuadernos, también comentados en programas radiofónicos, suplementos dominicales e incluso… ¡clases en la Universidad! Pero la mejor prueba del éxito de la empresa son al fin y al cabo las cifras de difusión. Según un nuevo informe de Gorkin, ésta ha ido aumentando de manera lenta pero constante por lo menos hasta 1958, que se comenzó con una tirada menor a los 6.000 ejemplares y terminó con otra de 7.400. Dichas cifras equivalen al número real de lectores dado que en Cuadernos “la tirada y la venta se confunden, pues no registramos devoluciones y la mayoría de nuestros númerossobre todo durante los dos años últimos están totalmente agotados”34. Si tenemos en cuenta que la revista no gastaba nada en publicidad y que tenía que competir con toda una serie de publicaciones culturales gratuitas editadas por los Gobiernos y Universidades de cada país, estas cifras pueden considerarse bastante satisfactorias, sobre todo comparadas con las de Cuadernos Americanos, que a los quince años de existencia imprimía 2.000 ejemplares y la veterana Sur, que no sobrepasaba los 1.800… Vistas las proporciones, qué duda cabe, El Congreso por la Libertad de la Cultura había prendido en el continente. 3. Totalitarismo y pax americana Una de las razones por las que buena parte de la élite democrática de América Latina dio su adhesión al proyecto vehiculado por la revista Cuadernos fue que, en el contexto de la primera guerra fría, éste les parecía necesario “para neutralizar los peligros del totalitarismo”. Pero ¿qué entendían exactamente por “totalitarismo”35? ¿a qué peligros se referían? y ¿cómo se imbricaba todo ello con la política norteamericana? Para empezar, en el entorno del CLC, totalitarismo es un tipo de organización política moderna que postula la absorción de la sociedad civil por parte del Estado, ya sea éste de tipo comunista o fascista, hasta su completa anulación. Si la guerra había acabado en Europa con los totalitarismos nazi y mussoliniano, en el este la situación se había agravado y urgía reaccionar. Bajo la consigna del habeas animan, el derecho de cada criatura a su alma36, el Congreso iba a empezar pues a organizar una segunda resistencia europea contra el totalitarismo soviético, por ser éste el más extendido, aunque sin dejar de denunciar el “neofascismo” o cualquier otro tipo de ataque a las libertades individuales. Por lo que a América Latina respecta, las élites intelectuales de formación occidental y profundamente apegadas a valores de raigambre europea como el derecho, el respeto de la persona o el espíritu crítico no se iban a quedar al margen de esta resistencia. Para empezar, porque el Congreso llegó al subcontinente denunciando una ofensiva totalitaria contra la cultura que exigía de ellos una posición de solidaridad casi gremial. Lo espantoso, explicaba el editorial de presentación de Cuadernos, no es sólo que se prive de la vida o de toda la libertad a los hombres de ciencia, a los escritores y los poetas, a los artistas, sino que se aniquile también en ellos o con ellos la obra que representan y se prive a los demás hombres de su conocimiento y disfrute. “¿No se piensa con horror en lo que hubiera sido de un Shakespeare, de un Cervantes, de un Goethe, de un Dostoiewski bajo uno de esos totalitarismos?”37. La solidaridad intelectual fue pues el primer reflejo de esta intelligentsia liberal naturalmente sensible al combate antitotalitario y por ende al anticomunismo. “Al fin y al cabo explicará Eduardo Santos lo que nosotros detestamos en el comunismo y abominamos, y contra lo cual hemos luchado apasionada y permanentemente, no son los aspectos económicos; absolutamente no. Son los aspectos liberticidas. Es que el comunismo es la más atroz campaña que se ha adelantado contra el alma humana, contra las libertades de los hombres, contra los derechos de los hombres. Que repartan los bienes como quieran, pero que dejen a cada cual hablar libremente, expresarse libremente, vivir libremente, defender sus ideas libremente. Y eso es lo que el comunismo no tolera en ninguna parte”38. En cuanto a las dictaduras que dominaban gran parte del mundo hispano, sólo el franquismo y el peronismo merecerían en un principio la apelación de totalitarias. Sus rasgos corporativistas y sus conexiones políticas directas con Hitler y Mussolini durante la guerra así lo justificaban en principio. El resto se diluía sin embargo en la categoría más general de “caudillismo” o “dictaduras militaristas”, de corte más tradicional y típicamente hispánico, aunque, con el tiempo, empezará a generalizarse la apelación de “fascismos militaristas” o, simplemente, “dictaduras totalitarias”. Más que la exactitud sociológica y política del término, lo que importaba aquí a los intelectuales demócratas y progresistas federados en torno a Cuadernos era desmarcarse a la vez del anticomunismo reaccionario de los mismos dictadores y de la condena unilateral del comunismo por parte de los Estados Unidos. Esta defensa de las libertades por encima de los ataques de todo signo no impide que, cuando el entorno del CLC evoque los peligros del totalitarismo, la expresión se reduzca casi siempre a las maniobras del comunismo internacional, en total consonancia con la lógica de la guerra fría. No en vano, mantiene el ex-comunista peruano Eudocio Ravines, “hay concordancia ecuménica, a los dos lados de la cortina de hierro en estimar la política internacional soviética y su reflejo, la que desarrollan los comunistas a través del Occidente, como la concepción y la praxis de una guerra. Guerra que, de la ideología de la lucha de clases ha evolucionado hasta convertirse en calificada guerra de expansión imperialista”39. Partiendo pues de este presupuesto de base y según los escasos colaboradores que, por haber conocido el comunismo desde dentro, se aventuran a explicar sus designios estratégicos, la situación no admite réplica: la muerte de Stalin no ha alterado la estrategia comunista que continúa persiguiendo la expansión soviética, la dominación de otros pueblos y, en última instancia, el debilitamiento y el derrumbe de toda fuerza de resistencia en Occidente. Desde París, Gorkin dedicará a su vez nada menos que 300 páginas a argumentar esta tesis en un libro titulado Destino del siglo XX. De Lenin a Malenkov: ¿coexistencia o guerra permanente?40 La pregunta, por supuesto, era retórica y los excomunistas de Cuadernos se limitarán a señalar cómo, al haberse conseguido contener el desborde soviético en Asia, “a la rigidez agresiva del que siente el olor de la victoria, sucede la ductilidad del que (…) no sabe por cuánto tiempo deberá tascar el freno de la paz”41. Con todo, la posibilidad de una agresión soviética a cualquiera de las dos Américas parece remota a principios de los 50. En nombre de la solidaridad interamericana, el continente ha sido “blindado” gracias a la creación de dos instrumentos diplomáticos inspirados por los Estados Unidos: el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) firmado en la Conferencia de Río de Janeiro de septiembre de 1947, y la Carta de la Organización de Estados Americanos (OEA), aprobada en Bogotá en mayo del año siguiente42. El primero creaba los mecanismos de una acción militar conjunta ante cualquier agresión, hecho o situación que amenazase la paz americana y la segunda venía a hacer las veces de una Corte de primera y, en algunas ocasiones, de última instancia para el conjunto del hemisferio. Ahora bien, si los principios afirmados en la Carta de la OEA daban a entender que la intervención colectiva redundaría siempre en una firme defensa de la democracia, pronto se haría evidente que el número creciente de regímenes dictatoriales entre los países miembros y la lectura estrictamente anticomunista que los Estados Unidos hacían de la pax americana iban a marcar una clara cesura entre la teoría y la práctica. Gracias a la OEA, Washington podría manejar a América Latina independientemente del control de las Naciones Unidas, donde el poder de veto soviético podía plantear problemas, de modo que tanto el pacto de Río como su Carta se convertirían muy pronto en un simple mecanismo para sostener la doctrina Monroe43. Puesto que los Estados Unidos controlaban a la mayoría de la OEA gracias a un juego de alianzas y presiones económicas, todo debía salir bien. Y si no, se reservaban el derecho a intervenir unilateralmente como ya habían hecho antes... En principio, esta vigilante tutela de los Estados Unidos sobre los supuestos intereses de la “familia americana” bastaba pues para proteger el hemisferio de cualquier agresión exterior, por mucho que ésta se definiera laxamente. Pero el caso es que la victoria comunista de 1949 en China y la pérdida del monopolio atómico de Occidente vinieron a sumar sus efectos para cambiar el temple con que el conflicto mundial era contemplado desde Washington. Esos Estados Unidos que en pocos años habían conquistado la hegemonía mundial comenzaban a verse a sí mismos como una fortaleza asediada no ya por un peligro de ataque comunista, sino de infiltración. De hecho, cuando el gobierno de Eisenhower asumió el poder en enero de 1953, el Secretario de Estado John Foster Dulles no dudó en afirmar que “las condiciones en América Latina son de alguna forma comparables con las de China a mediados de la década de 1930 cuando el movimiento comunista estaba empezando. Comenzaron odiando a lo norteamericano e inglés, y no hicimos nada ante ello…”44 Por eso mismo, más allá de seguir convirtiendo los recursos latinoamericanos en bienes y capitales estadounidenses, la llegada de Eisenhower a la Casa Blanca iba a hacer que el objetivo de neutralizar las influencias comunistas y el proteger “sus” materias primas empezasen a conjugarse a la perfección. La consigna lanzada por Washington en este sentido era de hecho clarísima: “Es mejor tener en el poder a un régimen fuerte que a un gobierno progresista si éste es indulgente y suave y está infiltrado por los comunistas”45. Y el Departamento de Estado la aplicaría tan bien que el panorama latinoamericano iba a verse pronto dominado, además de por un Perón en Argentina, por Odría en Perú, Rojas Pinilla en Colombia, Pérez Giménez en Venezuela, Batista en Cuba, Trujillo en Santo Domingo, Somoza en Nicaragua, Castillo Armas en Guatemala o Stroessner en Paraguay46. Bajo la administración Eisenhower, el apoyo a las dictaduras anticomunistas iba a ser simple y llanamente elevado a la categoría de política exterior. Evidentemente, esta política exterior norteamericana de cara a América Latina va a poner en una situación bastante incómoda a Cuadernos, cuya aparición es grosso modo contemporánea del inicio del primer período presidencial de Eisenhower. Las posiciones de principio de la revista estaban muy claras, es verdad: defensa del mundo libre, alianza con todo lo que de democrático y progresista hay en los Estados Unidos y denuncia del totalitarismo comunista, en el terreno internacional; defensa de la democracia frente al peligro comunista y las dictaduras anticomunistas, en el ámbito nacional; y colaboración continental en el terreno estratégico y político según los postulados de la “buena vecindad” sentados por Roosevelt. Pero, apenas iniciada su singladura, algo no cuadraba ya en estos planteamientos un tanto silogísticos. La principal potencia, el bastión del mundo libre no aplicaba una política de defensa de las libertades de cara a las repúblicas del sur, la “buena vecindad” empezaba a reducirse a un juego de presiones económicas que evitasen en última instancia el recurso a la fuerza y, sin entrar en otras consideraciones, la pax americana se construía ostensiblemente de espaldas a la democracia. La cuestión que importa dirimir ahora es pues cómo reaccionó el entorno de Cuadernos y si esta serie de evidencias llegaron a condicionar su discurso o sus posiciones políticas de partida. Para responder a esta pregunta sin caer en simplificaciones abusivas, hay que empezar distinguiendo una serie de etapas y sensibilidades. Así como en un primer momento la línea editorial de Cuadernos en cuestiones domésticas es marcada por los excomunistas, españoles o latinoamericanos, y gira en torno al tema de la estrategia del Kremlin en América Latina, el problema de las libertades en el subcontinente le arrebatará pronto todo protagonismo, desplazando poco a poco la autoría del discurso interamericano hacia la componente intelectual de la revista que no había pasado por el comunismo. En un primer momento, sean cuales sean las amenazas que la nueva doctrina del Departamento de Estado empiece a hacer pesar sobre América Latina, los excomunistas de Cuadernos compartirán plenamente su percepción de un peligro comunista procedente del interior, incluyendo la referencia asiática. “¿Sorprenderá la América Latina al mundo democrático como una segunda Asia? ¿Los 171 millones de seres descontentos, apostados a la vuelta de la esquina de los Estados Unidos, no estarán cerca de convertirse en un material explosivo? ¿Las vastas muchedumbres que hoy están dominadas por la fuerza, los partidos de mayoría, las minorías disconformes, los universitarios, los obreros, la burguesía misma, la propia Iglesia, las corrientes liberales y socialistas, la población civil, todo lo que hoy es elemento de inestabilidad, de rebeldía latente, no desbordará algún día?”, se preguntaba un colaborador47… En cualquier caso, señalaba Gorkin en uno de sus informes, por ahí iban los tiros de la estrategia comunista, dado que “más que la revolución rusa, desacreditada por el stalinismo, [los comunistas] agitan el ejemplo de la revolución china: un ejemplo de revolución nacional antiimperialista transformada en revolución social bajo la dirección del comunismo”48. Y es que la analogía con Asia concernía también a la táctica aplicada por los comunistas, que no era otra que la definida conjuntamente por Manuilski y Mao Tsé Tung para los países en situación colonial o semicolonial. Vistos los excelentes resultados obtenidos en China, no es de extrañar que la revista dedicara buena parte de sus esfuerzos durante casi dos años a desvelar los fundamentos de esta táctica subyacente a la propaganda comunista, esperando por supuesto que simpatizantes y neutralistas confesos abrieran por fin los ojos ante tan consumada prueba de maquiavelismo. Así, en un largo artículo titulado “Teoría y práctica del Frente Nacional”, el excomunista Ravines empezará explicando cómo esta táctica frentista no era en realidad otra cosa sino una actualización del Frente Popular de los años 30. Las diferencias formales eran grandes, admitía: el adversario fascista y la bandera de combate por la libertad, la democracia y la paz se habían transformado en antiimperialismo y los comunistas no pretendían ya movilizar ideologías, sino todo fermento nacionalista... “todo, a condición de que la concentración se realice en contra de los USA y de su política cualquiera que ella fuere”. Además, advertía Ravines, en la “agit-prop” del Frente Nacional no se trataba de convencer a nadie de la necesidad de colaborar con la política soviética. Ni siquiera se exigía aceptar la concepción comunista de una América rapaz, belicosa e imperialista. Se trataba sólo de aglutinar simpatías nacionalistas que puedan transformarse en antipatías, resistencias, recelos y antagonismos hacia los Estados Unidos puesto que “la táctica comunista de esta década funde, en una concepción indivisible, lo comunista y lo antiyanqui”49. Así instrumentalizados, los elementos progresistas que tan sensibles se mostraban al antiimperialismo, no hacían sino facilitar inconscientemente la labor de penetración de otro imperialismo mucho más brutal: el comunista. De hecho, cuando Gorkin preconice, como uno de los objetivos de la revista, la necesidad de “proceder a una revisión a fondo del concepto de imperialismo en nuestro tiempo y demostrar que, al socaire del antiimperialismo, de la independencia nacional y de la libertad social, el comunismo internacional sólo sirve al imperialismo más brutal y rapaz de todos los tiempos, a la supresión de las nacionalidades independientes y a la esclavitud del individuo y de los pueblos”50, la denuncia del frentismo será elevada a categoría de reflexión. Y es aquí donde más allá de los pocos artículos directamente dedicados al tema de la penetración comunista con casi la mitad de su espacio dedicado a información y comentarios sobre el bloque soviético y los grandes problemas de la actualidad mundial derivados de su expansionismo, Cuadernos se revela más eficaz para conjurar el peligro de un neutralismo complaciente y apartar a los elementos más moderados de la influencia comunista. Después de todo, afirmaba Lucien Laurat, “en América Latina la civilización y la lengua jamás han estado amenazadas por ninguna potencia extranjera e incluso la demagogia de un Perón tendría dificultad para hacer admitir a los argentinos que el gobierno de los Estados Unidos piensa en deslatinizarles para imponerles desde la escuela la lengua y la civilización yankis”. Y aunque Laurat añadía un poco rápidamente que “el sobresalto nacionalista en aquellas regiones donde hoy prevalece un antiimperialismo tan fácilmente pro-soviético no tiene que ver con la defensa de una civilización nacional ni con la aspiración a la soberanía nacional”51, el caso es que cada artículo de información publicado sobre la naturaleza del totalitarismo o el régimen soviético asestaba en potencia un golpe al prestigio de los comunistas latinoamericanos y a su estrategia frentista, como ya se pudo comprobar con los efectos de la campaña contra la invasión soviética de Hungría 52. Estas posiciones tan claramente favorables a los Estados Unidos no dejarán de suscitar una reacción por parte de algunos de esos mismos lectores a los que la revista trataba de convencer. La misma Cuadernos dio cabida en sus páginas a algunas de estas reacciones airadas sobre todo en el momento inmediatamente posterior a la campaña de solidaridad con los intelectuales húngaros que pretendían se mantuviera una difícil equidistancia en la denuncia de los atropellos de uno y otro campo. “¿Creen ustedes que existe sólo una potencia imperialista en el mundo actual?”, increpaba un lector argentino, reprochando a la revista “«olvidar» a ese otro imperialismo del mundo «libre» que son los Estados Unidos”53. “Si con tanto empeño desde las páginas de esta revista se combate al comunismo y a los países que están bajo su esfera espetaba otro, ¿por qué no se hace lo mismo con los que están aquí, en Occidente, en la esfera del dólar o la libra? Una investigación clara de cómo a los países se les obliga a permanecer reducidos en todos los órdenes de la relación social, atados por la red de la Royal Dutch, Ford, Standard Oil, etc., mostraría que son tan macabras como lo que sucede con el Kremlin54”... Puede, en efecto, que en todo aquello hubiera por parte de ciertos analistas algo de la “parcialidad nociva” que denunciaba este lector. O puede también que los colaboradores de Cuadernos considerasen un agravio comparativo la equiparación del imperialismo soviético a cualquier tipo de neodependencia económica. De alguna manera lo era y el término “imperialismo” aplicado a los Estados Unidos se convirtió durante mucho tiempo poco menos que en tabú para evitar cualquier asimilación y, sobre todo, cualquier parecido con los eslóganes comunistas. De cualquier modo, si Cuadernos mantiene intactos los principios de su antitotalitarismo en el ámbito del conflicto mundial, la traslación que de ellos hace a la realidad latinoamericana perderá pronto los acentos apologéticos de estos primeros artículos firmados por excomunistas. La Conferencia de la OEA celebrada en marzo de 1954 en el Caracas de Pérez Jiménez es de hecho un punto de inflexión que puede servirnos para ilustrar el alcance de este cambio. Según el detallado análisis de uno de los participantes en la anterior Conferencia de Bogotá, él también miembro del Congreso Rómulo Betancourt, los temas económicos y el estudio de arbitrios para desarrollar y fortalecer la democracia representativa habían sido suprimidos de la agenda en vísperas de la reunión puesto que el interés de Washington apuntaba exclusivamente a debatir el tema de la infiltración comunista en el continente. “La única preocupación de Mr. Foster Dulles en la reunión de Caracas comentará en su artículo fue: primero, que ella se realizara allí, aunque fuese bajo la advocación de un tirano; y, segundo, que se aprobase una declaración anticomunista aunque los tiranos criollos permanecieran tranquilos y hasta alabados y condecorados en sus solios presidenciales”55. De entrada, ya se trate del análisis “en caliente” de Betancourt o de los más reposados de Jaime Posada, Eduardo Santos o Luis Alberto Sánchez, la repulsa ante la elección de la sede, el establecimiento de la agenda y el propósito confeso de la Conferencia será firme en todos los casos y Betancourt optará incluso por darle cierto carácter oficial al reproducir las palabras del Presidente de Costa Rica, José Figueres, explicando su negativa a asistir al evento: “Una respetable corriente de opinión considera que en América se están librando simultáneamente dos luchas: la guerra global contra la agresión exterior y el conflicto interno entre democracia y dictadura. Durante medio siglo se atendió casi solamente a la lucha global. Tácitamente se ha pedido a los pueblos tener paciencia ante la opresión interna y mantener su fe en la democracia mientras no eliminan los peligros externos. Nosotros tenemos el convencimiento de que los pueblos no aguantan más posposiciones de su problema inmediato, que es el de su propia libertad, en aras de una libertad del mundo para ellos abstracta y remota. ¿Cómo pueden ellos perder los derechos que no están disfrutando?”56 Figueres había puesto el dedo en la llaga, porque la “implementación” de la resolución XXXII de Bogotá que condenaba igualmente al comunismo internacional y a “cualquiera otra forma de totalitarismo”, estalinismo, falangismo y neo-fascismo militarista incluidos, no podía sino provocar un doloroso rechazo por parte de los intelectuales Congreso. La nueva versión que Foster Dulles había venido a defender en persona suprimía en efecto del texto original toda alusión o crítica a los totalitarismos diferentes del soviético. Contrariamente a la de Bogotá, la nueva resolución no recibió la adhesión unánime de los asambleístas. Guatemala votó en contra; Méjico y Argentina se abstuvieron, y, Uruguay la aprobó sin entusiasmo alguno. Comentando su desganado voto, los uruguayos explicarían que “combatir el totalitarismo asiático y cerrar los ojos, púdicamente, frente al que campea por sus fueros en otros pueblos, es una actitud inconsciente y llamada a merecer muy escasa adhesión colectiva”. Y si ese planteamiento traducía según Betancourt el sentir de las mayorías populares del continente, él mismo se encargaría de sacar las conclusiones que se imponían: dichas mayorías no sienten, en efecto, “simpatía alguna por los métodos totalitarios de gobierno, y por eso los partidos comunistas, legalizados o clandestinos, cuentan con escasa militancia y su radio de influencia es reducido. Pero no se muestran dispuestas a aceptar la peregrina concepción de que deben hacer causa común con sus déspotas y opresores, por la sola razón de que éstos se proclamen anticomunistas y adalides fervorosos del Mundo libre”57. La posición de Cuadernos con respecto a la Declaración de Caracas, inmediatamente bautizada con el nombre de doctrina Dulles, no podría ser más clara: “1) La resolución aprobada se diferencia sólo en matices de forma de la de Bogotá pero la debilita la especie de «luz verde» que en ella se establece para el neofascismo militarista, y, en general, para todo totalitarismo que no tenga cuño soviético. 2) La actitud reticente de algunos gobiernos democráticos de América Latina para suscribirla no implica simpatías hacia el bloque oriental, sino lealtad al sentimiento popular, que no entiende, ni podría entender, cómo el repudio a los regímenes violadores de los derechos humanos opere en una sola dirección. 3) El fervoroso apoyo de los despotismos americanos a esa resolución es sólo oportunista acomodo a la política oficial de Estados Unidos, y en los países bajo su puño de hierro se concilian el anticomunismo palabrero con actitudes de tolerancia hacia las actividades prosoviéticas y de implacable persecución a los movimientos democráticos mayoritarios y adversadores ideológicos del comunismo. 4) El principio de no-intervención salió fortalecido porque la acción colectiva lícita y conveniente, en defensa de principios jurídicos supranacionales, como son los derechos humanos, no se ha ejercitado en favor de pueblos oprimidos por dictaduras de derecha. Cuando los gobiernos de América, todos los gobiernos de América, critiquen a quienes violen esos derechos como se ha hecho en las Naciones Unidas con la Unión Soviética, con Hungría, con Sudáfrica tendrán autoridad moral, y sólo entonces, para decir si un gobierno pone en riesgo la seguridad continental, orientando su política exterior de acuerdo con los slogans rusos”58. Partiendo pues del firme rechazo de una pax americana basada en la doctrina Dulles, los intelectuales del CLC no podían evitar tomar posición con respecto a la política aplicada en América Latina. La cuestión era cómo hacerlo sin flaquear en la defensa del mundo libre o dar argumentos al totalitarismo comunista. Y la solución adoptada no será en todo caso una simple pirueta. Del mismo modo que Cuadernos se esforzaba en desvelar la verdadera naturaleza del régimen soviético para contrarrestar la influencia comunista en América Latina, los demócratas latinoamericanos no cejarán en el empeño de denunciar ante quien quiera oírles y sobre todo ante unos Estados Unidos transformados de potencial acusado en interlocutor díscolo algo que resultaba difícil de entender desde la experiencia europea y, puede que más todavía, desde la América del macartismo: el extraño maridaje político entre las dictaduras militares y el comunismo. Ya sea en afirmaciones lapidarias, como el tercer punto de la interpretación propuesta por Betancourt que acabamos de citar, ya en artículos de fondo, ésta era en todo caso una constatación que se imponía de manera evidente a todos aquellos demócratas latinoamericanos con responsabilidades directas en algún partido democrático de oposición. Con su lucidez de planteamiento habitual, quizás sea Luis Alberto Sánchez quien mejor refleje lo inaudito del caso en estas concisas líneas: “Cuando jóvenes comunistas, exorcizados en Europa, ven que sus colegas latinoamericanos se preocupan más de atacar a los partidos populares democráticos que a las derechas oligárquicas y plutocráticas, y que éstas, a su vez, prefieren contar como aliados a los comunistas, y no a los hombres de mente liberal, no tienen otro remedio que sentirse horrorizados y expresarlo, permitiendo así descubrir una de las más interesantes curvas del desencanto político. Claro está que les retiene su reciente afiliación y el temor de que se les tilde de «macarthistas», grueso insulto en la jerga sovietizante del día, así como en la yancófila no hay peor agravio que llamarlo a uno criptocomunista”59. De esta situación, ilustrada por Cuadernos en varios artículos, se desprendía por ejemplo que, al producirse el golpe que derrocó en octubre de 1948 a la venezolana Acción Democrática de Rómulo Gallegos y Betancourt, los comunistas sufrieron muy poco. Aun habiendo sido ilegalizados, como AD, siguieron publicando sus periódicos y hasta ganaron cargos municipales, ya que la estrategia adoptada por el dictador era procurar que creciera un partido capaz de neutralizar a Acción Democrática, contando con que, llegado el momento oportuno, sería más fácil deshacerse de los comunistas que de AD. El caso del aprismo peruano, seguía explicando Sánchez, es semejante. Si algún partido había contendido con los comunistas, peleándoles metro a metro el terreno hasta vencerlos, éste era el APRA de Haya de la Torre. Proscritos ambos partidos del Perú por la dictadura de Manuel Odría, los comunistas contaban sin embargo con tres puestos en el Senado y cuatro o cinco diputados so capa de otras denominaciones. También los oligarcas pensaban allí que era más fácil deshacerse del comunismo que del aprismo, aunque “para disimularlo se empieza por una peligrosa mistificación que puede conducir a los inadvertidos a cometer irreparables errores, cuyo peso en la historia política y social de América Latina puede ser muy profundo”60. El mensaje, ya se ve, tenía un doble destinatario: los Estados Unidos mismos y los cándidos militantes latinoamericanos que buscaban en los PPCC una especie de atajo oposicional para salir de la dictadura. Craso error, apuntaba Cuadernos, “los comunistas han utilizado la buena prensa de que gozan con los militares para apoyarse en ellos y descomponer los partidos y sindicatos democráticos, o cuando menos para intentarlo”61. Y es que según el sentir general recogido en sus páginas, nada conviene más a los comunistas que la subsistencia de las dictaduras, “cuanto más férreas, mejor para ellos, porque despiertan la desesperación del hombre amante de la libertad, y porque ablandan, hasta convertirlo en cera dispuesta a recibir cualquier cuño, al hombre deseoso de vivir en paz”62. Conclusión instructiva tanto para Washington y para los numerosos demócratas descarriados por la actitud de los Estados Unidos: si el comunismo levanta la bandera de la defensa de las libertades contra las dictaduras, más que contra éstas, dirige sus golpes contra la democracia misma. “Las ideas democráticas rubricará Jaime Posada solamente se pueden salvar con los verdaderos demócratas”63. Cuadernos opta pues por no pasarse al enemigo. Más allá de las burdas interpretaciones y la torpeza estratégica del presidente Eisenhower y del Departamento de Estado, es sin lugar a dudas cierta idea del panamericanismo democrático lo que está preservando y defendiendo. No en vano, la Unión Panamericana se define claramente como una unión de democracias para vivir a la sombra de la libertad y al amparo de los derechos humanos. Ésos y no otros eran sus cimientos, recordará frente a tanta tergiversación el ex-presidente colombiano Eduardo Santos, “si se leen los textos se ve que aquello es clarísimo”64. La Carta de la OEA adoptada en Bogotá establecía con total nitidez que “la solidaridad de los Estados y los fines que ellos persiguen, requieren la organización política de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo de la democracia representativa65”, y tanto el Consejo General en 1948 como el Departamento Jurídico de la Organización en 1953 insistían en que “es esencial que cada gobierno, como mandatario de su pueblo, tenga la confianza y el respaldo del mismo”, así como en que “para esa identificación entre pueblo y gobierno es indispensable que en cada país exista un sistema efectivo de democracia representativa que ponga en práctica los derechos del hombre y la justicia social…” Puesto que esta declaración poseía fuerza contractual y “carácter netamente jurídico”66, no había razón para creer que, una vez comprendido el error, la democratización de las repúblicas del sur no fuese compatible con la pax americana. Otra cosa es que la solidaridad hemisférica fuese todavía por aquellos derroteros y que, entre 1953 y 1958, los Estados Unidos estuvieran dispuestos a poner los ideales del mundo libre por encima de consideraciones tan pragmáticas como los precios fijos de la materias primas o el monopolio de su explotación. 4. ¿Una “política de libertad” al servicio de la CÍA? A finales de 1952, Thomas Mann, un especialista del Departamento de Estado en el área, dejó escrito en uno de sus informes que si los Estados Unidos habían movilizado al hemisferio a lo largo de los años 40 para pelear guerras calientes y frías, los latinoamericanos planeaban dedicar la década de los 50 a los programas reformistas, al nacionalismo económico y a la lucha de clases. Mann no podía sugerir ningún remedio a esa situación, excepto más ayuda económica: “Nuestro programa de ayuda económica a América Latina señaló es tan pequeño, de hecho, que casi podría financiarse usando sólo las ganancias de los préstamos hechos a América Latina por el Export-Import Bank”67. Lo cierto es que las observaciones de Mann no revestían ninguna novedad. Los funcionarios norteamericanos habían identificado y relacionado el problema de las aspiraciones reformistas con la necesidad de proteger lo que consideraban “nuestras” materias primas desde antes incluso del principio de la guerra de Corea. El temor hacia la izquierda fue bosquejado en varios informes de inteligencia de la CIA: Guatemala y Bolivia habían girado radicalmente hacia gobiernos progresistas; otras naciones estaban molestas por la falta de ayuda y de bienes norteamericanos… los comunistas no dominaban en ninguna parte, pero estaban escondidos detrás de las crecientes exigencias de los reformadores. En realidad, la Conferencia de Caracas no había sido más que el primer signo de los nuevos tiempos. Y aunque ya hemos visto que no consiguió conmover las bases del panamericanismo asumido por Cuadernos, la intervención militar en Guatemala que estaba destinada a preparar representará para la revista una primera prueba de fuego. Una cosa era, en efecto, deplorar el apoyo norteamericano a las dictaduras manteniendo sus distancias con el coro antiimperialista. Otra muy distinta, eludir un toma de posición clara a favor o en contra del derrocamiento del gobierno guatemalteco con apoyo de la CIA. Los detalles de la intervención militar en Guatemala y del entramado de intereses económicos en juego han sido ya claramente establecidos en una abundante bibliografía68. Baste pues recordar cómo, desde 1944, el país conocía un régimen democrático presidido por Jacobo Arbenz, que había autorizado el partido comunista y lanzado una prudente reforma agraria con el apoyo de alguno de sus cuadros. La entrega de las tierras no cultivadas a los indígenas provocó la diversificación de los cultivos y permitió su propia alimentación, a la vez que los hacía participar en el sistema político por primera vez en cuatrocientos años. Al aumentar la exportación y reducir la importación de granos básicos, la balanza de pagos arrojó un saldo favorable en 1953 y, un año después, Arbenz anunció que la ley también afectaría a cien mil hectáreas de tierra que la United Fruit no estaba cultivando69. Pero eso no era todo, porque las reformas amenazaban también con romper el monopolio de los transportes y de la energía eléctrica, propiedad en Guatemala de la United Fruit. La neodependencia se iba a convertir en independencia y no hacía falta más para que los hermanos Dulles lanzaran su ofensiva. La compañía frutera se encargaría de preparar el terreno, realizando incluso una película “¿Por qué el Kremlin odia los bananos?”, que vinculaba la expropiación de sus tierras con el comunismo internacional y que un empleado describiría posteriormente como “la versión Disney del episodio”. Finalmente, el 18 de junio de 1954 apenas tres meses después de que se aprobara en Caracas la famosa resolución que consideraba al comunismo como una “injerencia inadmisible en los asuntos americanos” unos 150 mercenarios dirigidos por el coronel guatemalteco Juan Castillo Armas invadían el país y derrocaban al gobierno legítimo con apoyo de la CIA. Al no haber conseguido provocar una acción conjunta de la OEA, ésta era la mejor solución que se había encontrado para no presentar el caso como una intervención unilateral norteamericana. Cuadernos dedicaría a los acontecimientos de Guatemala un único artículo firmado por su director, Julián Gorkin, y titulado “Por una política de la libertad en Latino América”. Este artículo parece representar, junto al informe sometido por el mismo Gorkin a la central parisina, la línea oficial de la revista: en Guatemala se había aplicado simplemente la reciente resolución de Caracas con objeto de liquidar el primer foco de infiltración comunista en el continente. Sin embargo, Gorkin, que asistía en aquel momento a la Conferencia Iberoamericana organizada por el CLC en Chile, empezará admitiendo tanto en su informe como en las páginas de Cuadernos que la forma violenta y casi unánime que revistió la reacción de los elementos democráticos en favor de Arbenz le había sorprendido vivamente. Según él, los “bulos” lanzados por la propaganda comunista habían prendido fácilmente en la conciencia de los sectores democráticos y, por muy anticomunistas que éstos se declarasen, parecían estar convencidos de dos cosas: la primera es que el Departamento de Estado pretendía ahogar la “revolución agraria y democrática” del gobierno Arbenz en beneficio de la United Fruit y de los elementos reaccionarios de Guatemala; y, la segunda, que Foster Dulles obraba así por ser uno de los principales accionistas de dicha compañía. En cualquier caso, todos ellos mantenían que la administración Eisenhower había dejado atrás la política del “buen vecino” que había caracterizado a la administración Roosevelt-Truman para volver a la política imperialista y brutal de tiempos de “la diplomacia del dólar”. “Esto lo creen así, sinceramente y de buena fe, todos o casi todos los elementos democráticos latinoamericanos”, insistirá Gorkin, llegando incluso a reprocharles que “se proclaman anticomunistas cuando se trata de la suerte de Checoeslovaquia (sic), de Polonia, de Europa en su conjunto; pero no se sienten anticomunistas, con la misma consecuencia, cuando se trata de los países latinoamericanos”70. En opinión del director de Cuadernos las razones de semejante incoherencia residían en un doble error de perspectiva que determinará la argumentación de su artículo. Error de apreciación, por una parte, ya que, al resistirse a creer en la práctica que América Latina ocupa un lugar central en la estrategia mundial del comunismo contra los Estados Unidos, muchos no han querido comprender que “Guatemala podía ser el primer foco iberoamericano, la Indochina o la Corea de mañana”. Y error de valoración, por otra, puesto que a pesar de la insignificancia numérica de los comunistas guatemaltecos, “en la situación concreta de sus países, unos partidos comunistas minoritarios pero bien dirigidos y disciplinados, pueden convertirse en auténticas bombas explosivas”71. En definitiva, Gorkin considera a sus colegas latinoamericanos tibiamente armados contra el enemigo y, valiéndose de su íntimo conocimiento del estalinismo, concluye limpiamente que si en vez de ver en Castillo Armas al “libertador de su país de la dictadura comunista” éstos no han visto más que a un nuevo Somoza o Rojas Pinilla, es que “su antimperialismo y su anticaudillismo, perfectamente explicables, les ha ocultado y les oculta el evidente peligro comunista”72. En realidad, la tesis de Gorkin está claramente determinada por lo que se ha dado en llamar “paranoia anticomunista” de los ex, incapaces de emanciparse de la lógica del partido como no fuera para aplicarla al revés. Pero en este caso concreto el referente de la guerra civil española venía a complicar sus planteamientos hasta hacerles presentar verdaderos visos de argumentación… ¿Que el partido comunista guatemalteco era pequeño? de los mil miembros que contaba en el momento de su legalización había pasado a tener a lo sumo tres mil, no importaba, ¿acaso no lo era también el PCE hasta julio del 36? Lo importante era más bien que, en los dos casos, el partido comunista había sido capaz de apoderarse de los resortes efectivos del gobierno a través de las organizaciones sindicales, de la dirección de la reforma agraria y de la presión constante, sobre los elementos intelectuales, políticos, sindicales… ¿Que el Presidente Arbenz no era comunista?, qué más daba, “en determinados períodos y en ciertas circunstancias los comunistas prefieren disponer de una dócil y benévola fachada; lo que cuenta para ellos son los resortes efectivos del poder. Y éstos los tenían en sus manos, sin lugar a dudas, en Guatemala”73. Arbenz y Toriello, concede Gorkin, no eran seguramente militantes comunistas disciplinados, pero tampoco lo eran Negrín y Alvarez del Vayo en la época del auge comunista en la zona republicana española y ello no les impidió convertirse a la vez en “prisioneros e instrumentos del comunismo”… Y es que, llegados a este punto, la experiencia histórica no dejaba mucho lugar a las especulaciones: “Yo no sé si ellos hubieran podido deshacerse de los comunistas en el caso de quererlo; los comunistas hubieran podido deshacerse, de convenirles, de ellos”74”. Pero los paralelos con la experiencia española no se limitaban a eso, ni mucho menos. Cuando Gorkin afirma que los comunistas guatemaltecos se habían servido de consignas y realizaciones básicamente justas como la reforma agraria para la conquista y el afianzamiento de sus posiciones, pero que “eso responde a la táctica general del comunismo en su marcha hacia el poder. Para su conquista se sirven siempre de un programa y de unas consignas que se apresuran a traicionar una vez en él. Hablan de democracia mientras les sirve de trampolín; se apresuran a suprimirla en cuanto están arriba. No se trata para ellos de servir a los pueblos, sino de servirse de los pueblos para unos fines ajenos e incluso contrarios a éstos”75, ¿cómo no percibir los ecos de la actuación del ministro de agricultura comunista Uribe en el desmantelamiento de las colectivizaciones y de la revolución agraria española? Y cuando explica que, con sus abusos de poder, los comunistas habían perdido el prestigio de que gozaran un día y que, siendo un pequeño partido en un país muy católico, no podían defender las posiciones ocupadas más que por el terror, ¿no se imponía acaso un paralelo evidente con los paseos y las checas de la zona republicana…? “«Guatemala parecía la Barcelona de fines del 38»” habría asegurado a Gorkin un pintor y periodista español que vivía refugiado en la capital guatemalteca desde hacía años “[los comunistas] cometían sus fechorías a cubierto de la Guardia Civil y de la Guardia judicial, como las cometieran un día en España a cubierto del SIM y del aparato policíaco legal, intervenido y prácticamente dominado por ellos”76. ¿Qué más daba si el paralelismo histórico así establecido suponía hacer abstracción de la inexistente intervención soviética en los asuntos guatemaltecos? ¿Que más daba si ignoraba el contexto internacional que determinó la política contrarrevolucionaria impuesta al PCE por la URSS para favorecer la alianza defensiva de las democracias occidentales que en aquel momento cortejaba? Para la dirección de Cuadernos las analogías formales con situaciones anteriores estaban tan inextricablemente ligadas a la estrategia de dominación mundial imputada al comunismo de la guerra fría que el conjunto resultaba a la vez coherente y, más que elocuente, demostrativo77. El problema era que, si esta versión oficial lo explicaba todo con claridad meridiana, los mismos miembros latinoamericanos del Congreso no parecían dispuestos a adoptarla sin reservas. La razón por la cual dichas reservas no llegaron a trascender en las páginas de Cuadernos suscita sin embargo un interrogante de grandísima importancia. ¿Usó Gorkin de sus prerrogativas de director para censurar una interpretación divergente de los acontecimientos de Guatemala? Sin ser del todo imposible, ello no explicaría la total ausencia de alusiones directas o indirectas al tema entre 1954 y 1959, más allá de alguna genérica protesta contra las violaciones del derecho realizadas con apoyo del poderío norteamericano. Pero, si los colaboradores latinoamericanos decidieron eludir una vez más cualquier pronunciamiento contra los Estados Unidos, ¿cómo interpretar su silencio? ¿Significa acaso que, dando por buena la tesis anticomunista de la dirección, también ellos llevaron la línea proestadounidense de la revista hasta el extremo de apoyar, de manera implícita y por omisión, los manejos de la CIA? Esta suposición no dejaría de ser totalmente incoherente con las reticencias señaladas por Gorkin. La hipótesis más verosímil parece ser pues que su silencio no pretendiera otra cosa que mantener en una difícil equidistancia entre la condena de principio al golpe organizado por Washington y el rechazo provocado por la decisión de Arbenz de armar una milicia de obreros y campesinos. No hay que olvidar que el Ejército, que en un primer momento se había mantenido fiel al Presidente, lo abandonó entonces, permitiendo en última instancia que las tropas invasoras salieran de su empantanamiento. ¿Fue pues la invasión de Castillo Armas la que provocó la caída de Arbenz en poder de los comunistas que decía precisamente querer remediar? La cuestión no era fácil de resolver dada la manipulación informativa y las pasiones del momento. Y, después de todo, en los planteamientos del expoumista, también había reivindicaciones que cualquier miembro del Congreso hubiera podido suscribir aun condenando la intervención: “Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con la invasión de Castillo Armas y yo creo que había otra manera de resolver la situación”, había escrito Gorkin, pero “…lo de Guatemala puede ser más que un fin un comienzo. Si el triunfo del anticomunismo hubiera de conducir a una nueva dictadura caudillista, al sistema semifeudal de antes de 1944, al predominio del capital extranjero y al mantenimiento de las masas en su condición de miseria y de ignorancia, el triunfador sería el comunismo. Para que no lo sea es necesario elaborar y aplicar una auténtica política de la libertad en el conjunto de la América Latina (…) con la colaboración y la ayuda de todo lo que de democrático y progresivo tienen los Estados Unidos, Europa, Asia. Tenemos un mundo que defender. Pero para que valga la pena defenderlo tiene que ser habitable y digno”78. En cualquier caso, si algo puso en evidencia la “militarización del buen vecino” fue que, bajo el maniqueísmo aparente de las opciones simples e instintivas, la realidad americana exigía reacciones complejas y que éstas dejaban en ocasiones un estrecho margen a las posiciones críticas. Eso no quiere decir que los colaboradores de Cuadernos abdicaran de su independencia crítica. Al contrario. Gorkin, por ejemplo, resolvía la situación a través de una curiosa polarización geográfica que le llevaría a apoyar incondicionalmente la política estadounidense en América Latina llegando incluso a exigirle que cumpliera las orientaciones de cuyo incumplimiento la defendía, mientras que, en España, atacaba duramente los acuerdos firmados con Franco. “El pacto Washington-Madrid lo vengo criticando, desde 1953, en todas partes y en todos los tonos”, escribiría a Prieto desmintiendo una vez más la financiación de Cuadernos con fondos de la CIA. Es más, “después de una conferencia en Buenos Aires, en que me metí a fondo contra la ayuda suministrada a Franco, parece que Jiménez de Asúa, por no dar su brazo a torcer y por no torcer el de usted, hizo este comentario: «¡Qué habilidad! Viajar con dinero de los Estados Unidos para atacar a los Estados Unidos»”79. Por otra parte, añadía, la situación del resto de los colaboradores de Cuadernos era exactamente la misma: “En la revista que dirijo no se ha defendido nunca la política norteamericana. La dirección y los colaboradores gozamos en ella de absoluta libertad. (…) Usted debe saber que en la Conferencia Intercontinental celebrada en México en septiembre de 1956, todos los delegados pudieron hacer las censuras que creyeron convenientes de la política del Departamento de Estado.” Y lo cierto es que, dentro de los límites que la necesidad pragmática de entenderse con el gran vecino del norte les imponían, los intelectuales latinoamericanos del Congreso no dejaron nunca de ejercer un juicio crítico. Incluso un personaje tan intratable sobre estas cuestiones como Indalecio Prieto habría de reconocerlo en el aquel mismo discurso de 1956 en que hablaba de “anticomunismo mercenario” cuando señaló lo mal que le había salido la jugada al gobierno norteamericano en la citada Conferencia Intercontinental del CLC “porque personalidades dignísimas que ocuparon la tribuna en dicho Congreso, viendo las sangrantes fechorías que se cometen en este Continente bajo el patrocinio del sostenedor financiero de tal certamen intelectual, mostraron a las claras hasta qué punto llega la insinceridad en las esferas gubernativas de Washington sobre la libertad de la cultura”80. La responsabilidad de esta formulación correspondía exclusivamente a Prieto, pero las palabras que citaba para ilustrarla eran de un Rómulo Gallegos que apenas disimulaba ya sus reproches a los Estados Unidos: “Su historia había dicho éste último refiriéndose a los pueblos hispanos ha sido una sucesión de zarpazos de la fuerza contra el derecho, de donde un compatriota mío sacó a sus gustos la tesis del gendarme necesario para los mantenimientos de la tranquilidad pública (…), y si también es verdad que esos gendarmes no han nacido en Washington, esta hora de planteamientos francos me pide replicar que desde allí, de alguna manera, los han amamantado. Porque bananos en Centro América, petróleo en Venezuela y Colombia y, para endulzar la píldora, azúcar en Santo Domingo y Cuba, mejor se les dan a quienes aspiran a pingües negocios tranquilos a la sombra de una espada complaciente que en las inmediaciones de una urna electoral donde una mano de pueblo meta voluntad de pueblo. Que es ejercicio de cultura elemental, cuya libertad reclama amparo y defensa positivos”81. Ningún cambio de actitud había sido necesario para dar lugar a estas declaraciones. En realidad, Luis Alberto Sánchez recogía ya en un artículo de mediados de 1954 una anécdota protagonizada por el mismo Gallegos que determinaba claramente la raíz del problema. “Lo que pasa es que estamos hablando dos idiomas distintos”, había dicho el entonces presidente venezolano a un alto funcionario del Departamento de Estado durante un almuerzo informal, “tanto ustedes como nosotros rechazamos el comunismo moscovita como una forma más de imperialismo, como una doctrina exótica, como un sistema de vida inaceptable. Pero ustedes le están dando fuerza por un simple error de perspectiva. Ustedes lanzan una tremenda campaña entre nosotros contra el cáncer, y es útil y justa, pero ocurre que nuestra mortalidad proviene de la tuberculosis, el primer mal al cual se debe atacar, y, claro, aunque atacar al cáncer es razonable, lo urgente para nosotros es atacar a la tuberculosis. De ahí que no les prestemos oídos. Ustedes quieren que los acompañemos en su campaña contra el comunismo, pero nosotros queremos, primero, acabar, con las dictaduras, que engendran el comunismo: si ustedes dan a las tiranías ostensibles y confesas trato de democracias, la reacción del hombre común será desconfiar de la democracia, seguir odiando a la tiranía y buscar el remedio por otro camino”82. Simplemente, con el tiempo, este supuesto error de diagnóstico no sólo no iba a ser enmendado por la administración Eisenhower, sino que seguiría agravando el estado del enfermo hasta un punto crítico. Si el tono de los intelectuales del CLC se había ido tornando el de un socio decepcionado es porque, a partir de 1954, había quedado ya definitivamente claro que la democracia latinoamericana poco tenía que esperar de una entente cordiale con los Estados Unidos. Los más leales defensores de la democracia, los más constantes enemigos del comunismo, lamentará Eduardo Santos, son acusados de comunismo según convenga al dictador de turno y esa burda maniobra encuentra en los Estados Unidos “un eco que dolorosamente tenemos que reconocer (…): Yo leí con horror un periódico de esta ilustre ciudad [Nueva York], hace uno o dos meses, que al referirse a las próximas elecciones en un pequeño país de nuestro continente decía que era preciso desconfiar de los liberales cuya mayoría reconocía- porque eran la vanguardia de los comunistas; que era preciso que el Departamento de Estado abriera los ojos para cerrar el paso a esos liberales, que estaban enfrentados a típicas tendencias dictatoriales, a satrapías inequívocas”... ¿No se estaba cometiendo aquí “uno de los más graves errores de la historia de América”?, se preguntaba Santos perplejo83. Pero un error voluntario, que además de cierta mezquindad, denotaba una inconcebible ceguera estratégica… Betancourt se quejaba de que Washington viniera haciendo oídos sordos desde el 47 a las presiones de las delegaciones latinoamericanas para discutir a fondo de un ajuste económico84. Gallegos arremetía contra las “excesivas apetencias” de unos explotadores cuyas exacciones contaban a menudo con el respaldo de los Estados Unidos “como cómplice de culpas de las cuales con mayor facilidad nos redimiríamos si fuesen totalmente nuestras”85. Y Eduardo Santos denunciaba la hipocresía de la política internacional “¿Por qué se usan ciertas hermosísimas y valiosas palabras detrás de las cuales muchas veces está todo lo contrario? ¿Por qué le dan a la gente líquidos venenosos en frascos que ostentan rótulos atrayentes y hermosos?” exigiendo con vehemencia que la lucha contra el comunismo se realizara “con la bandera de la libertad, con la bandera del derecho, con la bandera de la democracia; pero banderas auténticas, no simples máscaras, no simples engaños detrás de los cuales no hay realidad ninguna”86. El discurso leído por Santos en la Universidad de Columbia y reproducido por Cuadernos con el título “Defensa de la libertad en América Latina” alcanzaría de hecho una repercusión extraordinaria a escala continental pues, a iniciativa de los chilenos, sería estudiado y comentado en los distintos comités nacionales. No en vano, entre muchas otras virtudes, contenía un feliz hallazgo: “si lo primero que se hace en la lucha anticomunista es combatir la libertad; si lo primero que se hace es cortarle las alas a los luchadores de la libertad; si lo que se hace es desacreditar a quienes defienden la libertad; pues, señores, se esta haciendo una cosa extraordinaria, y es que se está abriendo el camino al comunismo, se están facilitando las vías por donde se llega al comunismo (…) porque la manera de crear comunismo es destruir los sentimientos de libertad de los pueblos, es arrastrar las defensas espirituales, es crear ese estado en que ya no se cree en la libertad, en que ya no se cree en el derecho; entonces cualquiera domina una población que ha sido ya de antemano conquistada para toda fórmula de tiranía totalitaria”. Y un poco después: “Iríamos a defender, contra el comunismo nuestras libertades; pero si se nos han quitado ya, entonces, ya no tenemos nada que defender, y se abre así la puerta a la invasión comunista por los anticomunistas. Fíjense ustedes cómo una vez más se realiza la identidad de los contrarios; cómo los que parecen atacar una cosa resultan en realidad siendo los que la vigorizan y la hacen triunfar87”... Acusar directamente al Departamento de Estado de fomentar el comunismo era, sin lugar a dudas, una prueba de inteligencia superior. No ya porque, como si de un relato borgiano se tratara, fuera la mismísima CIA la que pagase su difusión. Sino porque con esta reducción al absurdo del problema hemisférico, se llegaba de alguna manera a la cuadratura del círculo: el espíritu crítico como liberalismo críptico. “Don Eduardo Santos afirmaría un lector en correo dirigido a la redacción ha sabido interpretar exactamente los sentimientos y las aspiraciones latinoamericanos o, por lo menos, de la mayoría de los latinoamericanos. Y, sin espíritu anti-norteamericano, les ha dicho algunas verdades a los norteamericanos. Este discurso ofrece, por el contrario, una base sana y constructiva o progresiva de colaboración”88. Evidentemente, los Estados Unidos tardarían todavía algún tiempo en sacar todas las consecuencias de esta sutil reflexión. 5. La hora crítica del panamericanismo “¿Existe comunismo en América Latina? Sí. ¿Es fuerte? Depende. ¿Era más fuerte? Sí. ¿Se ha debilitado por acción de la propaganda democrática? No. ¿Pudo ser menos fuerte? Muchísimo menos ¿Quiénes lo mantienen con o sin su voluntad? Las dictaduras, el atraso económico y la propaganda errónea, trasunto a su turno, de la errónea política de los Estados Unidos respecto a la América Latina”89. Este breve intercambio de preguntas y respuestas palmarias protagonizado por Luis Alberto Sánchez en 1954 decía ya todo lo esencial. Aquel mismo año, algunos quisieron ver incluso en la Conferencia de Caracas una “suerte de presencia colectiva, cabría aceptar que hasta de insurgencia, de los Estados del Sur”, que señalaron unánimemente los “principales desvíos de la política internacional norteamericana” en sus respectivas áreas. “Dos, evidentemente, fueron los reparos fundamentales: incomprensión para juzgar la metamorfosis social de determinados pueblos y mantenimiento de una actitud negativa, con frecuencia discriminatoria, en cuanto se refiere al precio de las materias primas latinoamericanas en los mercados norteamericanos.” Pero si en Caracas “el examen de la política de la «buena vecindad» se realizó sin disimulo”, la Conferencia distó mucho de marcar “el planteamiento de un nuevo rumbo en las relaciones de Latinoamérica con los Estados Unidos” que Jaime Posada pretendía90. En realidad, los Estados Unidos no reconsiderarán su actitud hasta cuatro años después, cuando la visita del vicepresidente Richard Nixon a ocho repúblicas latinoamericanas en mayo de 1958 les obligue a ello, al transformarse en catalizador del descontento y de los reproches acumulados. Sólo en la Nicaragua de Somoza fueron Nixon y su señora bien recibidos. En el resto de los países les esperaba una serie de demostraciones antiamericanas que alcanzarían su cima en Caracas, donde los manifestantes apedrearon el cortejo oficial del vicepresidente y trataron luego de sacarlo arrastras de su auto. Vista la violencia de la reacción popular, Eisenhower ordenó a varias unidades de paracaidistas y marines que se preparasen para un rescate. Pero, aunque no fue necesario llegar a tal extremo, si algo quedó claro fue que los venezolanos estaban especialmente enfadados: Pérez Jiménez, el dictador que acababan de derrocar, había sido condecorado por servicios meritorios… ¡en los Estados Unidos! El recibimiento reservado a Nixon nada tenía que ver, en efecto, con la última gira de su predecesor, Henry A. Wallace, hacía apenas dieciséis años. En aquella ocasión los latinoamericanos se habían volcado a las calles para saludar con entusiasmo al emisario de la auténtica «buena vecindad» personificada en Roosevelt. Semejante cambio de actitud en tan corto lapso de tiempo no podía menos de provocar un franco cuestionamiento político por parte de los Estados Unidos. Y es precisamente a este “severo análisis de conciencia” al que Cuadernos tratará de contribuir por medio de dos importantes artículos. Esta vez sí, parafraseando la expresión empleada ya por Betancourt con respecto a la Conferencia de Caracas, el viaje de Nixon marcaba la “hora crítica del panamericanismo” y lo hacía, además, en un momento en que el subcontinente y el mundo mismo se transformaban. Pero ¿cuál fue exactamente la actitud de los intelectuales del Congreso ante la explosión de rencores y pasiones antiyanquis? De entrada, la repulsa frente a las violencias desatadas por el representante de Eisenhower aparece clara y firmemente formulada. Nada hay, sin embargo, en los artículos dedicados al tema por Luis Alberto Sánchez y Germán Arciniegas91 que pueda equipararse a la propaganda norteamericana, al menos si por ésta entendemos la versión de aquella parte de la prensa que atribuía la responsabilidad exclusiva de los disturbios a los comunistas. “Menuda victoria les otorgan”, ironizará el peruano antes de puntualizar que, si bien los éstos habían actuado como promotores de muchos de los desórdenes, no era cierto que hubieran sido los actores únicos o tan siquiera los principales. Entre los hostigadores del señor Nixon, explicaba, habían estado juntos, ligados momentáneamente por el deseo de expresar su rechazo a la política exterior de los Estados Unidos, “gentes de pura línea democrática incluyendo a muchos sinceros anticomunistas con los revolvedores comunistas y profascistas.” El desagradable incidente diplomático podría pues acabar resultando provechoso. Es posible, coincidían en señalar ambos analistas, que “de todo esto resulte algo que supera a cuanto podría esperarse; la revisión total de la política americana”… Revisión y, ¿por qué no?, hasta “borrón y cuenta nueva” en las relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur92. O por lo menos eso era lo que cabía esperar de la actitud del vicepresidente Nixon, cuya primera reacción indignada se había ido transformando poco a poco en deseo de comprender… y rectificar. La lección, aplaudirá Arciniegas, “debió sorprender a Eisenhower más que a ninguno otro” y “habría sido completa sin el alarde inútil de los paracaidistas y marinos que enhoramala convocó el presidente.” Porque ¿ no había declarado Nixon “que la política de Washington era equivocada, que el Departamento de Estado estaba obrando sobre una vasta información defectuosa y que para sorpresa suya, el resentimiento de los pueblos contra las dictaduras era mucho más profundo que cuanto hubiera podido imaginarse”? ¿Y acaso no bastaba comparar esta actitud con lo que hubiera sucedido de haber sido Kruschev o Bulganin los apedreados en las calles de Varsovia, Budapest o Praga para tender la mano y apostar por el diálogo? En todo caso, la redacción de Cuadernos no deseaba que este punto pasase desapercibido y decidiría subrayarlo contraponiendo gráficamente un extracto del discurso de Nixon a su regreso a los Estados Unidos y otro del pronunciado por Kruschev tras su viaje a Yugoslavia bajo el elocuente título “Esfuerzos de comprensión. En el Oeste…/…y en el Este93”. El resto era una cuestión de estilo que cada cual resolvía a su manera: Arciniegas prefería dar a la autocrítica norteamericana una salida honorable haciendo gala de una indulgencia a todas luces excesiva… “Es posible que en el fondo haya habido esa mala información de que se ha quejado Mr. Nixon. Es posible que se les haya extendido un crédito excesivo a los informes interesados de ciertos inversionistas para quienes es mucho más grato, sencillo y lucrativo tratar con dictadores venales que con parlamentos difíciles. No tiene ahora el presidente en Washington sino repasar la historia de los gestos de su administración frente a los dictadores, para ver que fueron equivocados… seguramente sin saberlo.” …y Luis Alberto Sánchez optaba por la prosopopeya de una América adolescente y hasta hacía poco provinciana, puede que mejor fundada, pero igualmente conciliadora. “Semejantes hechos señalaba sólo son concebibles en un país al que la responsabilidad mundial que le incumbe le ha llegado demasiado temprano. Y ésta es la única explicación plausible que nos obliga a los latinoamericanos a ser indulgentes en nuestros juicios y no perder las esperanzas en lo futuro.” América Latina había demostrado su rechazo “a los dictadores y sus aparentes aliados otros hubieran hablado de aliados “objetivos”, como son numerosos capitalistas privados de Estados Unidos y, a veces, el propio Departamento de Estado”, y Washington había acabado por admitir que su política de los últimos diez años había sido un tremendo error. Por lo demás, si “la prensa y la opinión pública de Estados Unidos han reaccionado constructivamente; nosotros debemos reaccionar constructivamente también.” Tratándose pues de aprovechar la coyuntura provocada por el accidentado viaje de Nixon para redefinir las bases de la cooperación interamericana, no es de extrañar que el tono adoptado por los colaboradores de Cuadernos vaya a cambiar a partir de este preciso instante. Para empezar porque, a pesar de haber sido siempre, por afinidades y convicción, los interlocutores naturales de los Estados Unidos, ésta era la primera vez que el gran vecino del norte parecía abierto a considerar las posiciones de los liberales y progresistas latinoamericanos en un verdadero diálogo político. Y, para seguir, porque la redefinición de la solidaridad hemisférica que la revista proponía, metiéndose de refilón en la brecha abierta por el vicepresidente, no sólo entroncaba con su combate contra las dictaduras sino que también reflejaba las condiciones necesarias para que las libertades democráticas recientemente reconquistadas pudieran sobrevivir. Lo curioso del caso es que las razones que llevaron a Washington a apoyar a los caudillismos militares se habían basado ya en su día en un diagnóstico análogo. América Latina podía leerse en cualquier informe gubernamental de los años 40 y 50, estaba encerrada en una especie de círculo vicioso: sólo podría desarrollarse si era políticamente estable, pero su subdesarrollo económico provocaba golpes de estado e inestabilidad; comprensiblemente, los inversores privados permanecían suspicaces, a menos que pudieran invertir en áreas que dieran ganancias rápidas como las exportaciones de minerales y de productos agrícolas; ahora bien, esa clase de inversión sólo creaba mayor desequilibrio económico al beneficiar únicamente a un pequeño grupo en cada país y dicho desequilibrio impedía el surgimiento de una clase media económicamente fuerte y políticamente consciente, capaz de mantener la democracia… De acuerdo con dicho razonamiento, la política exterior norteamericana de los últimos diez años se había hecho asumiendo que ese sistema desequilibrado nunca podría ser cuestionado por los latinoamericanos. Y aunque la caída de Perón en septiembre de 1955 había marcado el inicio de un nuevo ciclo de recuperación democrática en el continente y, desde entonces, Manuel Odría había perdido el poder en Perú (julio de 1956) Rojas Pinilla había sido derrocado en Colombia (mayo de 1957), Pérez Jiménez en Venezuela (enero de 1958), Batista parecía tener los días contados en Cuba y los más optimistas esperaban que pronto llegara también la hora de Trujillo o de Somoza hijo… el hecho era que, en todos estos países, el desequilibrio económico hipotecaba más que nunca la posibilidad de una consolidación democrática. “Ha sucedido en nuestro tiempo apuntaba una serie de intelectuales argentinos y colombianos, en un manifiesto titulado “A la conciencia de América” que Cuadernos publicaba asociándose a esta preocupación por el futuro inmediato que al triunfar un movimiento liberador, las gentes del país y la opinión internacional se desentienden de él, no muestran interés por afirmar lo ya ganado, se desvanece el espíritu de cooperación y queda la vía más o menos franca para las reacciones futuras. A las dictaduras tambaleantes les han llegado siempre refuerzos que se llaman providenciales, y a las democracias que tratan de buscar la tierra firme se las entrega a los azares del destino. Cada nueva república que resurge ahora recoge, como herencia del tirano en fuga, una economía atrasada, un tesoro arruinado, una sociedad desmoralizada por el abuso, el soborno y los negocios turbios. El resurgimiento obliga a levantar defensas invulnerables, a tomar decisiones nacionales vigorosas, a despertar la solidaridad internacional”94. Una somera consulta a los índices de Cuadernos permite de hecho comprobar cómo el número de ensayos dedicado a la situación de los países con gobiernos democráticos aumenta considerablemente a partir del número de septiembre-octubre de 195795, y con ellos la preocupación por los tradicionales problemas económicos que los afligían y precarizaban. Necesidad de estabilizar los precios, de frenar la inflación, de invertir en industrialización e infraestructuras… Necesidad de una verdadera política de apoyo a las libertades, de desarrollo económico y de solidaridad interamericana. Este era el mensaje del citado manifiesto y de cada uno de los estudios nacionales, siempre atentos a las reclamaciones sobre los precios de las materias primas y la falta de capitales que las economías del sur venían formulando desde hacía tanto tiempo. América Latina había admitido con toda claridad en 1950 el mismo asistente del Secretario de Estado para asuntos interamericanos, Edward Miller sufría injustamente porque, durante la guerra, Estados Unidos “administró unilateralmente” el control de precios para mantener bajos los de las materias primas y, luego, después de la guerra, suprimió los controles y recurrió a las prácticas del “mercado libre” permitiendo que los precios de los artículos norteamericanos se dispararan. En otras palabras, Washington estableció el mercado a su favor no una sino dos veces, de manera que no sólo los dólares latinoamericanos valían cada día menos en unos países que importaban esencialmente de su vecino del norte, sino que, como cada país exportaba a menudo un solo producto96, una pequeña fluctuación en el precio de las materias primas podía tener consecuencias catastróficas. Al ser los Estados Unidos el principal comprador, no es de extrañar que, cada vez que el precio del café, estaño o cobre bajaban, el antiamericanismo aumentara. Pero esa no era la única causa. Porque, además de haber convertido las materias primas de las repúblicas del sur en bienes y capitales norteamericanos destinados a reconstruir y alimentar a Europa occidental y Japón, los trece mil millones de dólares que Washington inyectó en Europa a partir de 1948 a través del plan Marshall habían reducido los créditos destinados a Latino América de manera dramática. Con sólo un 2,4% de la ayuda externa estadounidense, ésta se quedó a la zaga del resto de las regiones del mundo. Y aunque los latinoamericanos fueron a la Conferencia de Río de 1947 esperando obtener ayuda económica a cambio de cooperación militar y política, ni en Río ni en la Conferencia de Bogotá del año siguiente cambió absolutamente nada. Los fondos del Export-Import Bank trasladados a Europa eran tan importantes y la competencia por los del Banco Mundial tan dura, que las naciones latinoamericanas debieron recurrir a la banca privada para cubrir sus necesidades. Comentando esta incitación a recurrir al capital privado y la libre empresa que los norteamericanos volverían a renovar en la conferencia de Caracas de 1954, el mismo Luis Alberto Sánchez había expresado ya una opinión generalizada al subrayar lo inapropiado del caso. Si bien los países fuertes, de economía sana y con abundancia de materias primas o dólares para adquirirlas podían darse ese lujo, y aun así, acababan apelando a los controles en circunstancias difíciles, la situación de las repúblicas latinoamericanas era muy diferente. Los países con déficit alimenticio, que carecían de materias primas variadas, sin industria pesada ni reservas monetarias, no podían ir a la libre empresa sin deformar su economía o reforzar la distorsión social que desembocaba en mayor riqueza para los ricos y mayor pobreza para los pobres. “Ningún partido u organización de tendencia democrática y popular había dejado escrito en aquella ocasión prohija en América Latina el sistema de libre empresa. Les corresponde ese papel a los grandes capitalistas criollos, cuya mentalidad política por lo común fue próxima al fascismo hasta 1945, y no desdeña coludirse con el comunismo para neutralizar a los grupos democráticos de sus respectivos países.” Desgraciadamente, concluía también entonces, como tomando conciencia de la existencia de un plazo, los Estados Unidos “no pueden entender aún que la repulsa al comunismo sea, a la vez, actitud de vigilancia y defensa frente a las exigencias demasiado premiosas de ciertos círculos capitalistas”97. Latinoamérica, llevaban años advirtiendo los colaboradores de la revista, “no está haciendo otra cosa que dibujar verazmente las realidades y los problemas del hemisferio, los vacíos y las condiciones de su amistad con los Estados Unidos. No para crear conflictos ni para abrir resquicios en el bloque regional. Su lógico y explicable anhelo es consolidar un panamericanismo en la democracia y en la equidad. En la igualdad de trato y en el respeto recíproco”98. De modo que, cuando las declaraciones de Nixon den por fin a entender un cambio de disposición política en las esferas oficiales norteamericanas, la hora de la verdadera negociación parecerá haber sonado. Y Cuadernos sabrá encararla con determinación mostrando hasta qué punto los temas del desarrollo económico, la democratización política y... la cooperación continental en materia de seguridad estaban ligados. “Los países latinoamericanos explicaba un vehemente Sánchez necesitan con urgencia elevar su producción, aumentar su circulación, alzar la cuota de su consumo, y para ello requieren capitales, técnicos y mercados. Es verdad que los Estados Unidos no están obligados a proporcionárnoslos. Pero es también verdad que nosotros estamos en el derecho de conseguirlos como mejor nos convenga y donde nos parezca. Si abdicamos de este derecho en aras a una sólida unión y cooperación interamericana, para contrarrestar las maniobras antidemocráticas del comunismo y del fascismo, es lógico que recibamos y exijamos bajo ciertas condiciones, no en forma incondicional. Una de esas condiciones se refiere a la preservación de la democracia; a la preservación de nuestra soberanía externa e interna. Si, a cambio de facilitarnos capitales, se coarta nuestro desenvolvimiento democrático y se apoya a los usurpadores y tiranos, tendremos que recibir a re |